Astrología

Desde los tiempos más antiguos, la observación del cielo nocturno hizo que los hombres distinguieran ciertos astros entre la masa de estrellas esparcidas por el firmamento. Estos astros aparecen como independientes de las constelaciones, es decir, de las figuras formadas por las estrellas ordinarias, llamadas fijas en razón de la inmovilidad de las unas con respecto a las otras.

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Se les opusieron algunos astros vagabundos, llamados Planetas, palabra que proviene del griego y que significa "errante". Estas estrellas parecieron tanto más caprichosas por el hecho de no moverse siempre en la misma dirección. Avanzaban hacia las estrellas fijas en el sentido del Sol o de la Luna; se detenían para retroceder luego, y se detenían de nuevo, antes de reiniciar la marcha directa. Estos comportamientos hicieron que se buscara en los planetas una afinidad con los hombres: se les buscó atributos humanos, lo que llevó a distingos muy particulares.

Estos astros errantes efectuaban en el cielo el mismo trayecto que la Luna y el Sol. Por tanto, se asimiló estas dos grandes luminarias a las cinco estrellas errantes, y de ahí surgió el Septenario, que es primordial en Astrología.

Era natural atribuir la influencia más poderosa al Sol, que dirige la actividad humana; vino después la Luna, reina de la noche; después, los Planetas propiamente dichos. Venus, la primera en brillar en el crepúsculo, cuando no precede al alba, fue notada desde tiempos muy antiguos, lo mismo que Mercurio, pequeño astro rápido, que puede verse en los alrededores del Sol. Un astro rojo, de brillo variable, pero de decidido resplandor, fue considerado agresivo y se convirtió en Marte. El majestuoso jefe de los dioses fue reconocido en el hermoso planeta blanco que llamamos Júpiter. Se siguieron finalmente los movimientos de un planeta sin resplandor, que parecía exiliado de las profundidades del espacio Saturno, considerado pesado y triste.

Estas observaciones generales permiten colocar unos planetas junto a otros, para hacer valer, por medio de la comparación, sus características.

Sol, Luna y Planetas, propiamente dichos, recorren la bóveda celeste sin apartarse de una zona limitada por los trópicos. Estrictamente regular, la marcha anual del Sol se efectúa oblicuamente sobre un círculo, que corta en dos puntos el ecuador sideral, para elevarse y descender marcando las estaciones extremas.

Este círculo es la eclíptica, porque los eclipses se producen cuando la Luna se encuentra con el Sol. Se divide en cuatro segmentos que corresponden a la Primavera, al Verano, al Otoño y al Invierno. La Primavera comienza cuando el Sol ascendente franquea el ecuador celeste; el día es entonces igual a la noche (equinoccio), lo mismo que al empezar el otoño, cuando el Sol, esta vez descendente, corta otra vez en dos el ecuador del cielo. Los solsticios, en los cuales el Sol deja de subir o de descender, determinan el Verano y el Invierno.

Por elementales que sean estas nociones, debemos recordarlas para justificar la división de los 360 grados de la eclíptica en doce partes de 30 grados cada una. Se delimitan así matemáticamente las zonas que los antiguos llamaban las Moradas del Cielo, yuxtapuestas en el espacio separando los dos círculos solsticiales, paralelos al ecuador. Estas moradas han coincidido antes con las constelaciones cuyos nombres continúan llevando, aunque, por efecto de la procesión de los equinoccios, se ha efectuado un desplazamiento de 30 grados. Así es que el punto vernal, de donde parte el primer grado de la eclíptica, no cae exactamente bajo las estrellas fijas de Aries, sino que se aproxima a Piscis y llega a rozar Acuario. El desplazamiento se aplica, naturalmente, al conjunto del Zodíaco.

Si se impone poner las cosas en su punto, no podremos basarnos más que en el simbolismo original, que hace concordar Signo y Constelación. Es por tanto con ánimo retrospectivo que conviene ver el duodenario del Zodíaco para profundizar el simbolismo.

No dejemos de insistir en la abstracción, hecha en Astrología, de las Constelaciones, pues los Signos están determinados, no por el aspecto del cielo, sino en razón de la posición que toma el Sol respecto de la Tierra.